Por Vienna
Algo no funciona en el colectivo proletario. O tal vez ese “microchip” que nos incrustan en el cerebro cuando somos aptos para la vida laboral, funciona a la perfección. Está, de tal manera y tan milimétricamente instalado que, cuando hay algún obstáculo en el engranaje del sistema, saltan todas nuestras alarmas. Y no es un tema baladí, amigos lectores. Podrán machacarnos a impuestos, podrán confeccionar despidos más baratos y contratos a base de papel mojado, podrán dejarnos meses sin cobrar las nóminas. Pero que no nos molesten para trabajar. Me pregunto si seremos capaces de vivir sin trabajar un día o llegar tarde al trabajo por un retraso en los trenes.
Porque como todo el mundo sabe, con motivo de la huelga general los servicios en el transporte son mínimos. Y ¿cuál es la reacción de un trabajador común? Llevarse las manos a la cabeza en un acto de histeria colectiva. Parece ser que ¡el Apocalipsis se acerca! ¡No se podrá fichar un día laborable a la hora exacta!
Nunca he visto tantos trabajadores indignados por no cumplir con el calendario laboral. Estoy por recomendar a la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) y en particular a su presidente, el Sr. Díaz Ferrán, que ante el alto grado de absentismo laboral que sufre este país, amenacen a los trabajadores con una huelga general. Eso sí, liderada por las cabezas visibles de CCOO y UGT. Sino, no causaría el mismo efecto. Es más, sugiero al Sr. Díaz Ferrán que restablezca la identidad a los trabajadores de Aircomet concediéndoles el “Derecho a trabajar”.
Quizás noten que frivolizo con un tema tan delicado como el que nos ocupa, sé que sabrán disculparme. Se han puesto en huelga mis modales y esta es la manera de expresar la indignación y la preocupación al contemplar cómo el lenguaje llega a calar tan profundamente en la mentalidad de un trabajador que, es capaz de recortar los derechos, con tal de mantener a flote un sistema que, lejos de liberarnos como personas, nos esclaviza como animales. Las viejas consignas han sufrido tal metamorfosis que, el “Derecho a un trabajo digno y de calidad” se sustituye por el “Derecho a trabajar”. Parece lo mismo, pero no es lo mismo. Piénselo. Les daré una pista; En el primer concepto se reivindica el derecho a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. En el segundo concepto se reivindica la obligación de regalar nuestro pan a quienes tienen el control de la maquinaria capitalista.
Y mientras van buscando más explicaciones al fenómeno de las nuevas proclamas, me despido haciendo alguna sugerencia más. Que en este 29 de septiembre no haya cundido el pánico, que se hayan tomado la jornada de huelga general desde otro prisma. No tengan el temor de parecerse a Paul Lafargue y acabar reivindicando “El derecho a la pereza”. Recuerden que trabajamos para vivir, no vivimos para trabajar.
